La Mediación como instrumento de conciliación familiar.

300x200_mediationfam

En el año 1981 se vuelve a admitir de forma legal en España el fin del matrimonio, tras ser derogada la primera ley de divorcio en 1932. En 2005, entraba en vigor la Ley del divorcio express y las cifras de parejas que interponen una demanda judicial de separación o divorcio según el Instituto Nacional de Esatadistica, se disparan en un 42% con respecto al periodo anterior.

En la actualidad, el número de parejas que deciden separarse va en aumento. Las demandas de disolución matrimonial crecieron el 6,9% en 2014 con respecto a 2013. Los últimos datos del Consejo general del poder Judicial (CGPJ), muestran que los divorcios, separaciones y nulidades pasaron de 124.975 en el año 2013 a 133.643 en el año 2014. Aunque no es la primera vez que la cifra sube de un año a otro, sí es la más alta desde 2007, justo antes del inicio de la crisis económica en España, cuando se registraron 141.280 demandas de disolución.

La separación o divorcio en la mayoría de los casos supone una ruptura de la unidad familiar establecida y una reorganización de la vida de las personas implicadas. Si este proceso, que suele ser largo y doloroso, no se realiza de forma adecuada, puede tener consecuencias muy negativas, sobre todo para la vida de los hijos/as menores.

El sistema tradicional, el juridico-legal, que se ha venido empleando para resolver este tipo de litigios familiares ha demostrado sobradamente su ineficacia y las razones que podemos exponer son las siguientes:

  • Existe una clara inadecuación entre el instrumento que se emplea (proceso contencioso) y el problema a resolver (conflicto familiar) y ello se manifiesta en una agudización del conflicto interpersonal de los adultos, deterioro de las relaciones paterno- filiales, y en numerosos incumplimientos de la sentencia, consecuencia del papel tradicional que genera la dinámica del proceso civil contencioso de victima/culpable, ganador/perdedor.
  • Todo ello origina una profunda insatisfacción con el resultado final de los procesos litigantes en las personas que los protagonizan, que en la mayoría de los casos no ven cumplidas las expectativas que habían depositado en él.
  • Por otro lado, la naturaleza del conflicto en si, es incompatible con este tipo de procedimiento, ya que tienen como base relaciones de carácter muy personal con una fuerte carga emocional y su desconocimiento hace incurrir en soluciones irreales, que no se ajustan a las características o idiosincrasia de la familia a la que va destinada, por no mencionar el impacto que tiene en los hijos el hecho de que sus padres no puedan resolver sus desavenencias mediante la vía del dialogo, que es más pacífica y ofrece mayores alternativas dada su flexibilidad.
  • Los conflictos familiares tienen como singularidad que se van modificando a lo largo del tiempo en función de los cambios que se van produciendo en las personas implicadas y por tanto se dan numerosos casos de resoluciones judiciales que en el momento de ser dictadas, nada tienen que ver con la realidad del conflicto al que se refieren.

Atendiendo a esta perspectiva, desde hace varios años y cada vez con más fuerza, se esta estableciendo la Mediación Familiar cómo un método alternativo para la resolución consensuada de los conflictos, que viene a mejorar la calidad de la respuesta jurídico-legal a los ciudadanos, planteando como objetivo último la pacificación de las disputas familiares.

En este ámbito, la mediación se ha mostrado especialmente eficaz sobre todo en el diseño de mecanismos tendentes a evitar la ruptura familiar o a que ésta se lleve a cabo con el menor dolor posible para todos los implicados.

Para ello se establecen en España diferentes Leyes Autonómicas como la Ley 1/2009, de 27 de febrero, reguladora de la Mediación Familiar en la Comunidad Autónoma de Andalucía, que regula esta práctica, con el fin de reducir las consecuencias negativas derivadas de la separación o divorcio para todos los miembros de la familia, de mantener una comunicación y un dialogo provechoso y en especial garantizar el interés primordial de los hijos, y que estos puedan integrar el cambio y adaptarse a la nueva situación de manera adecuada.

Creemos totalmente en el poder de la Mediación como un instrumento social de inestimable valor y por ello vamos a exponer los beneficios que supone la elección de esta vía en la resolución de los litigios familiares derivados del proceso de separación o divorcio.

  • La mediación tiene como esencia la participación activa y responsable en la toma de decisiones de los implicados, ya que permite que sean ellos mismos los que resuelvan sus diferencias. Durante la misma se cimentaran las bases para que las partes se sientan protagonistas tanto del proceso como de los resultados.
  • Supone una mejora de la comunicación entre las partes. Con la ayuda del mediador que reconduce la comunicación, los participantes pueden volver a hablarse y escucharse. El proceso de mediación permite que todas las personas del núcleo familiar puedan hablar y se escuchadas, incluso los hijos si se considera conveniente.
  • Permite generar acuerdos creativos, ya que el mediador trabaja con las partes para producir todas las soluciones posibles, buscando y proponiendo acuerdos que solucionen el problema planteado. Con esto, no solo nos referimos a los acuerdos que quedarán recogidos posteriormente en el convenio regulador de separación, como son, el tipo de custodia o el régimen de visitas que se va a establecer , sino acuerdos que también consideramos de vital importancia, como son el establecimiento de pautas comunes en la educación de los hijos/as, cómo va a ser la necesaria comunicación que se va a establecer entre los progenitores, y en definitiva todos aquellos aspectos importantes que giran en torno a la vida de sus hijos/as y que sean necesarios determinar. Supone por tanto la posibilidad de elaborar un plan de coparentalidad que les permita ejercer su labor como progenitores en igualdad de condiciones, desarrollando el mejor entorno de convivencia posible dada la situación de separación, estableciéndose así un estado de idoneidad que les permita ejercer con responsabilidad sus derechos y responsabilidades sobre sus hijos/as.

Estimamos necesario que la mediación familiar sea ampliamente conocida y  las personas tengan la oportunidad de poder elegir autónomamente cómo desean resolver sus conflictos familiares, en caso de considerarlo necesario, pudiendo optar por la mediación familiar como un recurso voluntario al alcance de las personas, para la solución de litigios familiares por la vía del mutuo acuerdo, con la intervención de un equipo mediador imparcial y neutral.

Francisco Góngora.

 

Mediación Familiar Intergeneracional.

personnages

 

Hoy, 21 de enero, se celebra el Día Europeo de la Mediación, coincidiendo con la fecha de aprobación del primer texto legislativo sobre mediación familiar en Europa. Desde “Resuelve Ahora” queremos contribuir a la tarea de difundir la cultura de la Mediación con este nuevo post sobre la capacidad de la mediación para facilitar a las familias un instrumento para que todos sus integrantes, recuperen la competencia sobre el control de los problemas y puedan continuar manteniendo relaciones positivas entre ellos sin necesidad de que se produzca una ruptura familiar.

La familia constituye un contexto social, educativo y de aprendizaje, que puede contribuir, de darse las condiciones adecuadas, al desarrollo humano y personal de todos sus componentes, ya sean niños, jóvenes o adultos, en todas las etapas de su desarrollo biológico, evolutivo y social, dada su importante función socializadora, a través de la educación.

La familia va atravesando una serie de estadios en su desarrollo evolutivo que están previstos. Entre las fases del ciclo vital por las que suelen atravesar las familias podemos mencionar las siguientes: formación de la pareja, la paternidad y maternidad, la etapa escolar de los hijos/as, la etapa de la adolescencia, la partida de los hijos/as, el cuidado de los nietos/as y el cuidado de los mayores. La transición de una etapa a otra influye en las interacciones que se producen en los miembros de la familia y las transforma, lo que supone una situación de riesgo a la que se tiene que dar respuesta. Cada uno de los integrantes de la familia tiene que realizar una serie de tareas y el hecho de que aparezcan tareas nuevas supone un reajuste que a veces puede suponer un desequilibrio. Muchas de las problemáticas de convivencia que surgen tienen que ver con una falta de habilidades para dar respuestas adecuadas que permitan afrontar con éxito los retos evolutivos de la dinámica familiar.

La mediación intergeneracional constituye una de las técnicas más útiles en la actualidad para  dar una respuesta eficaz a las diferentes dificultades por las que atraviesan las familias, resaltando principalmente dos de las etapas que consideramos más problemáticas y que más conflictos generan, como son la etapa de la adolescencia de los hijos/as y la etapa del cuidado de los mayores.

Muchas familias se ven desbordadas ante situaciones y conductas de los hijos/as cuando comienza la etapa de la adolescencia. La convivencia durante este periodo no suele ser fácil ya que se trata de un momento de transición entre la niñez y la edad adulta, en la que la primordial tarea del adolescente es encontrar su propia identidad y adquirir autonomía. Para lograrlo, tienen que comenzar a separarse de los padres y esto no es sencillo, ya que aún carecen de la madurez suficiente. El adolescente, suele vivir un conflicto interno entre la fuerte dependencia que aún tiene de sus progenitores y la necesidad de independencia. Este conflicto interno se expresa a menudo en forma de luchas y discusiones, especialmente con los padres, ya que constituyen para el/la adolescente un apoyo que necesita pero del que desea desprenderse, una fuente de seguridad y a la vez de rechazo. Es durante esta etapa, cuando  comienzan a plantearse cuestiones que anteriormente no suponían un problema, tales como el uso del teléfono o el ordenador, los estudios, los horarios de llegada a casa, la ropa, el manejo de dinero, las tareas domésticas, el consumo de alcohol y/o drogas, y que son el origen de autenticas batallas o enfrentamientos.

Estos cambios desconciertan a menudo a los padres/madres, que luchan por recuperar la autoridad perdida y no saben muy bien cómo afrontar los problemas permanentes con sus hijos/as. Los métodos que anteriormente utilizaban con ellos/as ya no funcionan y es necesario que se produzca un reajuste al nuevo momento evolutivo e ir cambiando las normas rígidas por límites flexibles, negociados y acordados. Esto suele generar en los padres mucha inseguridad ya que no es fácil encontrar un equilibrio entre mantener un control y una autoridad sobre el/la adolescente y, al mismo tiempo, concederle una mayor confianza e incluirlos en la toma de decisiones, dándoles así  mayores cotas de responsabilidad.

La mediación intergeneracional supone un instrumento de gran utilidad para resolver este tipo de disputas que se producen en el funcionamiento familiar al llegar esta etapa, ayudando a los padres y madres que se ven desbordados por los problemas de relación, el establecimiento de normas, las discusiones, la falta de comunicación y  el distanciamiento del adolescente.

Por otro lado, ahora, cada vez nos encontramos con más situaciones de mediación relacionadas con aspectos derivados del cuidado de las personas mayores. El ámbito dónde se van a presentar situaciones conflictivas relacionadas con las personas mayores es en el hogar dónde estos residan. Una de las circunstancias que tiende a provocar y acentuar los conflictos es la situación de dependencia y la necesidad de cuidado del mayor. Si tenemos en cuenta la situación de tensión y estrés que provoca la relación cuidador y dependiente, podemos entender la facilidad con la que surgen los conflictos en este contexto. Así mismo nos encontramos también cada vez con un mayor número de problemáticas relacionadas con la aparición de conflictos entre hermanos/as, vinculados a la toma de decisiones sobre cómo van a hacerse cargo del cuidado de los padres en situación de dependencia

Otra de las situaciones susceptibles de mediación intergeneracional es la que tiene que ver con el derecho de los abuelos a ver a sus nietos cuando se produce una separación o divorcio o incluso cuando no habiendo separación de pareja se dificulta la relación de los abuelos con sus nietos por el mero desinterés de los padres. En este sentido, la Ley 42/2003, de 21 de noviembre, de modificación de Código Civil y de la Ley de enjuiciamiento Civil en materia de relaciones familiares de los nietos con los abuelos, persigue como objetivo reforzar el régimen de relaciones entre los abuelos y los nietos, tanto en caso de ruptura familiar, como en el caso de dejación de obligaciones por parte de los progenitores. Por tanto la mediación en este caso sería de gran utilidad cuando existen dificultades de relación y se ve interrumpido el contacto, como alternativa a  acudir a los juzgados para que se reconozca algo tan básico como que un abuelo/a quiera y pueda ver a su nieto/a.

Hay una amplia variedad de situaciones conflictivas susceptibles de pasar por un proceso de mediación. La casuística mencionada es la que más suele hacer uso de este servicio, no obstante, cualquier tipo de desavenencia, conflicto o problema entre padres e hijos donde se desea una solución, pues ser apoyado, guiado y resuelto con este procedimiento.

Autor: Francisco Góngora.

 

Psicología del divorcio para mediadores.

Psicología del divorcio para mediadores.

Para poder ayudar a las parejas a negociar de forma eficaz la ruptura de su relación, resulta esencial que el profesional encargado de ello, conozca la dinámica que subyace a la familia y cómo la crisis provocada por el proceso de separación y divorcio, repercute en las emociones de las personas involucradas. Es importante indicar que después del divorcio una familia no deja de existir, ya que aunque la relación conyugal haya terminado, las relaciones familiares continúan, sobre todo cuando hay niños/as involucrados.

El divorcio legal es un evento que ocurre cuando el juez emite la sentencia de disolución del matrimonio, sin embargo en la esfera emocional se trata de un proceso que ocurre a lo largo de varios años. Según la literatura sobre divorcio, en  un gran porcentaje de matrimonios que se separan, uno quiere la separación y el otro no, teniendo ésto importantes implicaciones en el proceso. El cónyuge que ha tomado la decisión comienza el proceso emocional mucho antes que el otro, lo que conlleva una discrepancia en los estados emocionales de ambos que va a tener una gran repercusión tanto en la duración del transcurso de la separación, como en el nivel de conflictividad que se produce y en las diferentes tácticas y estrategias que cada uno va a utilizar en las negociaciones para llegar a acuerdos fundamentales sobre la reestructuración de la nueva vida familiar.

Los investigadores en temas de divorcio, lo definen como un proceso que discurre por una serie de etapas que las familias van superando conforme se van adaptando a las nuevas situaciones que se van generando en sus vidas, y la mayoría de las personas en una situación similar pasan por este periodo de transición emocional.

Cómo profesionales dedicados a la mediación familiar, es realmente importante que pongamos un contexto a la naturaleza de la crisis y los conflictos que traen las partes a mediación, y para ello es necesario tener una visión sobre las etapas y las emociones que manifiestan las personas durante el desarrollo del divorcio. Antes de proceder a enumerar las fases características que experimentan las personas durante el divorcio, es importante señalar que se trata de una clasificación general, no lineal y que puede variar en función de muchos factores. Por ejemplo, mientras una pareja puede no pasar por alguna de las etapas o pasar por ella en un momento posterior, otras pueden tener sentimientos y comportamientos  característicos de dos etapas al mismo tiempo.

Etapas del proceso de divorcio.

1. Predivorcio o etapa de deliberación.

Esta etapa tiene lugar antes de la separación y se caracteriza porque uno de los cónyuges comienza a experimentar sentimientos de insatisfacción, de soledad y de desesperación. Esta fase puede durar un largo periodo, incluso años, en los que la persona delibera sobre cómo resolver sus sentimientos negativos acerca de su relación matrimonial. Antes de tomar la decisión de separarse, tratará de lidiar con estos sentimientos y estos intentos de afrontamiento pueden incluir confrontaciones, peleas con la pareja con la esperanza de hacerle cambiar, mal humor, incomunicación e intentos de evitar estar cerca de la pareja evadiéndose en el trabajo o con los amigos/as o manteniendo relaciones extramaritales. Como ninguna de estas tácticas funciona y los sentimientos negativos son cada vez más fuertes, finalmente termina tomando la decisión de separarse y se la comunica a su pareja. Esta declaración desencadena la primera reacción emocional  de la otra parte, que inicialmente puede responder con la negación, pero también puede retirarse emocionalmente para autoprotegerse. En esta etapa se produce un desfase entre el cónyuge que ha tomado la decisión y que ha avanzado emocionalmente en la transición que supone el proceso de divorcio, y el cónyuge que acaba de iniciar el recorrido. Esto va a tener importantes implicaciones en la manera que tienen ambos de afrontar la nueva situación y cómo se van a enfrentar a la negociación sobre la reestructuración familiar que implica la separación.

2. Negación.

Los sentimientos y comportamientos en esta etapa varían en función de si la persona ha iniciado el divorcio o no. El que toma la decisión de divorciarse, en esta etapa lo que busca es alivio tras una situación estresante y también experimenta sentimientos de culpa por haber tomado la determinación. El no iniciador sigue negando que la relación haya terminado y que sea algo definitivo. Pasa por un periodo de incredulidad al que le sigue una negación de la realidad de la separación. Suele experimentar impotencia y falta de control al sentir que él/ella no ha participado en la decisión de romper el matrimonio.

Esta etapa es la más complicada debido a los profundos cambios que aparecen en la vida de las personas y suelen manifestarse sentimientos de perdida y de miedo a lo desconocido. La crianza de los hijos/as se suele ver perjudicada ya que los cónyuges están inmersos en sus propios sentimientos y no están en condiciones de atender bien sus necesidades. En esta etapa no es aconsejable acudir a mediación , ya que el cónyuge que no ha tomado la decisión puede utilizar el proceso para recuperar al cónyuge perdido y negarse a colaborar en el desarrollo de las negociaciones, ya que aún no ha asumido la separación.

3. Duelo por la pérdida.

El objetivo de esta etapa es reconocer y asimilar que la relación ha finalizado. En esta fase las personas experimentan una intensa sensación de pena y pasan por un profundo duelo. El futuro se ve sin esperanza y sin sentido. La identidad de la persona puede quedar afectada , al verse dañado el rol que ejercía dentro de la relación, ya que cada uno de nosotros construimos nuestra identidad a través de los roles que desempeñamos en nuestra vida.

Durante esta etapa se suele necesitar apoyo emocional. Los individuos con frecuencia tienen dificultades para concentrarse en las tareas, ya que están inmersos en un mundo de sensaciones. La parentalidad aún se ve afectada, ya que los progenitores están más preocupados por sus propios sentimientos. En esta etapa la participación en mediación es más aconsejable que en la anterior ya que las partes han asimilado la ruptura y la ven como algo definitivo.

4. Ira.

La ira o el enfado en una emoción secundaria que aparece asociada a otros sentimientos más primarios como el dolor, el miedo, la humillación, la pérdida o el desamparo. El cónyuge rechazado suele experimentar ira y enfado asociados a sus sentimientos de abandono, que manifiesta en ocasiones a través de amenazas. Teniendo en cuenta que el divorcio es uno de los eventos más estresantes en la vida de una persona, es importante que los profesionales que intervienen en los procesos de separación sepan analizar los comportamientos de ira como reacciones comprensibles a la multitud de sentimientos primarios que puede estar experimentando la persona. Aunque la ira aparece en casi todas las etapas del proceso , en esta etapa es la emoción protagonista. La ira normalmente es dirigida hacia el otro cónyuge, al que culpa de todos sus males. Los mediadores tienen que estar preparados para tratar con las manifestaciones de ira de los protagonistas, utilizando estrategias para canalizar las emociones negativas y redireccionar esa energía en los aspectos concretos y específicos de los acuerdos.

En esta etapa las habilidades de crianza han mejorado y los padres son más capaces de atender las necesidades de los hijos/as. El nivel de energía del individuo es más alto y ha mejorado también la autoestima. Este es un buen momento para asistir a mediación ya que las partes tienen la fuerza suficiente para participar activamente.

5. Construyendo una nueva identidad.

Uno de los cambios más significativos que se experimentan en esta etapa es la sensación de ser una persona completa e independiente que no necesita al cónyuge para hacer su vida. Las personas comienzan a confiar en si mismas, a tomar sus propias decisiones y su autoestima y control emocional ha mejorado mucho. La parentalidad durante esta fase ha quedado reestablecida. Las personas son capaces de tomar decisiones con mayor facilidad y el nivel de energía es alto en comparación con las etapas anteriores. Este es el momento ideal para acudir a mediación, ya que las partes están en una buena situación para tomar parte activa en las negociaciones, principalmente debido a la actitud positiva que tienen hacia el cambio y hacia sí mismos. Puesto que el individuo se encuentra en una fase relativamente buena emocionalmente, la mediación es más eficiente y menos dolorosa.

6. Etapa final de reestructuración.

La emoción predominante en esta etapa es la sensación de tener de nuevo el control sobre sus vidas. Son capaces de hacer planes y adoptar compromisos a largo plazo. Si ambas partes se encuentran en esta etapa, es difícil que tomen la decisión de acudir a un proceso contencioso ya que normalmente han llegado a acuerdos satisfactorios para ambos. La mediación será relativamente suave en este punto, ya que el individuo está involucrado en una nueva vida y siente deseos de finalizar con el proceso de separación. Si uno de los cónyuges aún sienta fuertes sentimientos hacia el otro y estas sensaciones le estén afectando, el proceso de mediación le puede ayudar en este punto a aceptar el fin del matrimonio y seguir adelante con su nueva vida..

Para finalizar, decir que  las partes pueden acudir a mediación en cualquier momento durante el proceso de separación, por ello, es conveniente que el mediador entienda en que fase se encuentran cada uno de ellos y cuales son los sentimientos y comportamientos típicos durante estas etapas. El mediador utilizará las herramientas y habilidades adecuadas para facilitar la expresión de las emociones de forma constructiva y crear un marco para el debate que posibilite el logro de acuerdos beneficiosos para ambos.

Francisco Góngora.

 

 

Conflictos familiares en la tercera edad.

Mediación familiar en casos de dependencia.

 

A consecuencia de la gestión que el gobierno está haciendo de la crisis económica, nuestro sistema de bienestar ha quedado muy debilitado, y a medida que disminuyen los recursos sociales proporcionados por el estado, las responsabilidades de la asistencia a las personas mayores recaen cada vez más sobre los familiares. La mayoría de las familias con el tiempo tendrán que hacer frente a este desafío que por lo general provoca tensiones que pueden conducir a conflictos y crear obstáculos en la toma de decisiones.

Los padres cuando llegan a una edad avanzada y sus facultades comienzan a verse mermadas, requieren de la ayuda de los/as hijos/as, volviéndose dependientes de estos para realizar las tareas básicas del día a día. Esta nueva situación puede provocar el surgimiento de conflictos entre los hermanos adultos o que vuelvan a aparecer enfrentamientos que han estado ocultos durante años. Las controversias y disputas acerca del cuidado de los padres hace que las relaciones familiares se compliquen, apareciendo tensión, posturas encontradas y dificultad a la hora de dialogar y tomar decisiones. Todo ello ocasiona que se pierda de vista el objetivo principal, que es garantizar que los progenitores dependientes reciban una atención adecuada.

A pesar de las particularidades que tiene cada familia, podemos extraer dos asuntos que suelen aparecer en la mayoría de las disputas entre hermanos/as relacionadas con el cuidado de los padres, que son, el sentimiento de injusticia y los asuntos económicos o de herencias.

Cuando uno de los/as hermanos/as tiene la sensación de estar haciéndose responsable de forma desigual de la atención de los padres y cree estar asumiendo sin ayuda la carga que supone esta tarea, el sentimiento de injusticia que experimenta le puede fomentar resentimiento y resquemor hacia el resto, que no se están haciendo responsables de una labor que también les pertenece. Suele ocurrir que los/as hijos/as que se encuentran a mayor distancia se desvinculen de la situación y sean los que están más cercanos a sus padres los que se ven obligados a adoptar el compromiso, a veces sin contar con apoyo y sin que se les reconozca la labor que están realizando.

Otro de los asuntos que suele ser con bastante frecuencia foco de generación de conflictos es el relativo a los temas económicos y la  herencia.  Cuando un/a hermano/a siente que está asumiendo en gran parte el cuidado de los padres, y tiene que renunciar a su tiempo y su bienestar para llevar a cabo esta labor, puede creerse en el derecho de merecer una mayor parte de la herencia como pago por su sacrificio. Otras veces los/as hermanos/as se enfrentan porque discrepan en cómo emplear el dinero en el cuidado de los padres, resistiéndose algunos a buscar atención profesional, como el ingreso en una residencia, con el fin de preservar la herencia. Esto puede ocasionar que sea uno de ellos el que finalmente se vea forzado a cumplir con un papel de cuidador para el cual no está preparado, y esto va a repercutir directamente en la calidad de la asistencia que van a recibir los progenitores ancianos.

La atención y el cuidado de las personas mayores es una tarea difícil que genera estrés y requiere de mucha dedicación y buena voluntad. Si a ello le añadimos los problemas de injusticia y los enfrentamientos por los asuntos económicos, tenemos el caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de conflictos intrafamiliares que puede llevar a una situación insostenible y difícil de resolver sin una intervención por parte de profesionales.

Ventajas de la Mediación Familiar para resolver conflictos relacionados con el cuidado de los progenitores.

En ocasiones las relaciones entre los hermanos están muy deterioradas y apenas tienen comunicación entre ellos, es por ello que la intervención de una tercera parte  es necesaria y puede ayudar a apaciguar la controversia. Un profesional que tiene mucho que decir en este asunto es el mediador familiar, experto en impulsar a las personas a construir un acuerdo que les lleve a solucionar su disputa.

La mediación familiar es una herramienta adecuada para facilitar la toma de decisiones y acercar las posiciones que en principio parecían insalvables. El proceso va a facilitar la toma de conciencia de los implicados en la necesidad de salvaguardar en todo momento el bienestar de las personas mayores, proporcionando un lugar seguro en el que trabajar de manera conjunta en la búsqueda de una estrategia que funcione para todos los miembros de la familia. Colaborar en la construcción de un acuerdo de reparto justo de responsabilidades preservando sus relaciones fraternales, es posible.

Un mediador familiar es un profesional neutral que ayuda a la familia a que alcancen por si mismos un acuerdo sobre las decisiones relativas al cuidado de sus padres ancianos. Es importante dejar claro, que todos los temas que aparecen en el proceso de mediación son totalmente confidenciales, siendo necesario que los participantes sientan plena confianza para poder expresarse de forma abierta y exponer cuáles son sus inquietudes y sus intereses.

La mediación ayuda a aclarar malentendidos, al predisponer a todos los participantes a escuchar  el punto de vista de los demás sin interrupciones, facilita la expresión de sentimientos y guía a la familia hacia la búsqueda de soluciones nuevas que no habían sido capaces de contemplar antes y además posibilita futuras modificaciones en el acuerdo en caso de cambiar las circunstancias familiares. Permite desarrollar soluciones creativas a los retos a los que tiene que hacer frente.

Si la disputa se estuviera resolviendo en los juzgados, el proceso sería muy diferente. En los tribunales no se exploran las diferentes opciones para obtener la mejor solución que refleje el mejor interés para las personas mayores.  El juez toma las decisiones basándose en una interpretación de las leyes, y estas decisiones con frecuencia no son satisfactorias para nadie de la familia. Otra de las consecuencias perjudiciales de la resolución de disputas de índole familiar en los juzgados es que las relaciones acaban totalmente destruidas y el coste emocional de todos los implicados suele ser bastante alto.

Autor: Francisco Góngora.

 

¿En qué consiste la Mediación Terapéutica?

Mediación Terapéutica.

En la última década hemos asistido al avance prometedor de la mediación como herramienta de efectividad probada en la resolución de disputas derivadas de separación o divorcio de familias con hijos/as menores. Aunque el empleo de la mediación, en términos generales ha demostrado su eficacia en su aplicación al ámbito de las relaciones familiares, hay situaciones que podemos llamar de “alto conflicto”, en las que comenzar un proceso de mediación no resulta de utilidad. Estas situaciones, se dan en familias que se caracterizan por permanecer en un conflicto prolongado a lo largo del tiempo y por su incapacidad para resolver las disputas, tanto a través de la mediación como por vía judicial. El surgimiento de continuas desavenencias e incumplimientos del convenio regulador de las relaciones paterno filiales ordenadas por el juez, los lleva a acudir incesantemente a los tribunales, entrando en una dinámica de litigio permanente que suele repercutir de forma bastante negativa en el adecuado desarrollo de los hijos/as.

Dada la complejidad de este tipo de casos, investigadores dedicados a la intervención con familias en proceso de separación o divorcio con alta conflictividad, desarrollan un modelo denominado “Mediación terapéutica”, definido como un proceso de intervención intensiva que emplea las habilidades de resolución de problemas y de negociación que se utilizan para casos de Mediación estándar, a las que se incorpora una perspectiva terapéutica. Este estilo de intervención permite a las partes en conflicto evaluar su situación presente y mirar hacia la transformación que necesitan realizar para lograr un beneficio en todos los miembros involucrados de la familia.

Principios de la Mediación terapéutica.

El modelo de mediación terapéutica fue desarrollado por Saposnek, mediador familiar y autor de diversas publicaciones relacionadas con la intervención con progenitores separados que presentan una alta conflictividad. Este modelo, tiene como principales características, en primer lugar, que las intervenciones son intensivas, lo que implica un elevado número de sesiones de mediación, diseñadas para centrarse íntegramente en las dificultades específicas que los progenitores tienen para poner fin a sus disputas. Debido a la prolongación en el tiempo de la conflictividad, se establecen patrones de comportamiento adversos difíciles de eliminar, con lo cual se hace necesaria un tipo de intervención intensiva que les haga romper ésta dinámica y salir del círculo negativo en el que se encuentran. En segundo lugar, las intervenciones tienen una intención terapéutica, con el objetivo de abordar los numerosos problemas de conducta, emocionales y de dinámica relacional que experimentan este tipo de familias, y ayudarlas a resolver las controversias que les impide reestructurar su vida tras la separación y educar a sus hijos/as de forma conjunta y colaborativa.

Componentes terapéuticos.

El modelo incorpora cuatro componentes terapéuticos:

Un componente educativo, que incluye proporcionar a los progenitores asesoramiento sobre cómo gestionar su conflicto e información en relación a las repercusiones negativas que tiene para el desarrollo de los hijos/as el hecho de verse involucrados en la disputa de los padres. Se establecerá una discusión acerca de la imposibilidad de atender a las necesidades de los hijos/as de forma adecuada si el conflicto continúa y sobre los efectos positivos de acabar con los enfrentamientos. El componente educativo incluye también entrenamiento en habilidades sociales, en comunicación positiva y modelado de habilidades de crianza adecuadas.

El segundo componente terapéutico consiste en la adopción de estrategias para fomentar la cooperación y la negociación entre los progenitores. Este componente emplea entre otras técnicas, la de hacer un reencuadre de la historia de las partes y la conversión de acusaciones en peticiones (una acusación basada en el pasado se puede reconvertir en un deseo para el futuro, lo que disminuye el riesgo de una contra acusación de la otra parte, y favorece la escucha reflexiva).

En tercer lugar, se trata de romper el estancamiento en el que se encuentra inmersa la familia a través del empleo de técnicas terapéuticas que provoquen cambios en sus estructuras y dinámicas relacionales.

Por último, este modelo incluye el seguimiento y monitorización de los cambios que se van produciendo. Este componente consiste en ayudar a los progenitores en la elaboración de planes de crianza, en la práctica diaria de la coparentalidad y en la resolución de los problemas que vayan surgiendo.

Fases del proceso.

El modelo de mediación terapéutica se divide en cinco fases:

1. Fase de admisión al programa, en la cual se realiza una evaluación de la problemática familiar.

2. Una fase denominada de “construcción de puentes” dónde se proporcionan a los progenitores las habilidades necesarias para colaborar con sus ex-cónyuges en la tarea común de crianza de sus hijos/as.

3. De preparación para la negociación. Aquí los padres se reúnen para resolver las controversias que impiden la negociación.

4. Fase de resolución de controversias y de negociación de planes de crianza. Los progenitores negocian la elaboración de un plan de crianza para sus hijos/as.

5. Fase de implementación, dónde los padres reciben apoyo en la ejecución de su plan de crianza.

Para finalizar podemos señalar que este tipo de intervención mediadora persigue fomentar la comprensión del conflicto y de los efectos que puede suponer a largo plazo para los hijos/as y el resto de los miembros de la familia, la adquisición de habilidades de afrontamiento de situaciones difíciles y el aprendizaje de técnicas de negociación saludables. Este modelo de mediación,  permite a las familias alcanzar y mantener una buena relación a pesar de las numerosas dificultades que puedan tener.

Francisco Góngora.

Custodia compartida y conflictividad entre los progenitores.

Alta conflictividad entre los progenitores y custodia compartida.

Los profesionales que nos dedicamos a la intervención y a la mediación con familias , hemos podido confirmar lo perjudicial que es para los hijos/as el mantenimiento de una  una alta conflictividad entre los progenitores a lo largo del tiempo. En este sentido, uno de los asuntos que genera más controversia  es el tipo de acuerdo sobre custodia que resulta más beneficiosa para los menores cuando existe conflicto abierto y manifiesto entre los padres.

Los expertos durante mucho tiempo han desaconsejado el establecimiento de una custodia compartida cuando se constata que existe una  falta de entendimiento entre los progenitores  y una alta conflictividad que perjudica el interés del menor. Una sentencia reciente emitida por la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo (TS)  ha rechazado conceder a una pareja de hecho de Sevilla la custodia compartida sobre la hija menor de edad de ambos porque existe entre los padres “una situación de conflicto que dificulta gravemente el normal desarrollo” de dicha custodia compartida. Ver mas sobre la noticia: http://goo.gl/ywDUuA.

Sin embargo, muchos estudios han demostrado que a pesar del conflicto entre los padres, la custodia compartida puede ser más positiva para los menores que la custodia única. Hay análisis que demuestran que el aumento del contacto con el padre no residente podría neutralizar el efecto negativo que el conflicto entre los progenitores tiene en los menores. Investigaciones centradas en el estudio de los efectos del tipo de custodia sobre el bienestar de los menores, han realizado un examen sobre el tiempo que los hijos/as pasan con cada progenitor, demostrando que los menores que permanecían el mismo tiempo con ambos padres y disminuían las frecuencias de alternancia con uno y con otro, se veían menos afectados por la alta conflictividad de estos.

Robert Bauserman, en su investigación [Adaptación del niño en regímenes de custodia conjunta y de custodia exclusiva: meta-análisis] en Marzo de 2002; realizó un análisis de 33 estudios en los que se comparaba la adaptación de los niños/as en contextos de custodia compartida y custodia única, llegando a la conclusión de que independientemente del conflicto entre los padres,  los niños/as en régimen de custodia compartida estaban mejor adaptados que los que tenían una custodia exclusiva. En todas las medidas de ajuste, los/as niños/as de padres que compartían la custodia obtenían mejores resultados que los hijos/as de padres con custodia única, observándose en los primeros menos número y gravedad de comportamientos problemáticos, emociones más ajustadas, una mejor autoestima, mejores relaciones afectivas con el resto de sus familiares y un adecuado rendimiento escolar. Una de las principales conclusiones del meta-análisis de Bauserman fue la observación de resultados positivos en los progenitores que compartían custodia, ya que informaban que los niveles de conflictividad en sus relaciones de coparentalidad habían disminuido con el tiempo, aumentando la cooperación entre ambos, en contraposición con los resultados hallados en los padres con custodia única, que  continuaban teniendo enfrentamientos y la cooperación entre ambos disminuía a lo largo del tiempo. De estos resultados podemos deducir que “las soluciones de custodia conjunta (tanto legal como física) no parecen, como promedio, resultar perjudiciales para ningún aspecto del bienestar de los hijos y pueden, de hecho, ser beneficiosas”.

Otro estudio llevado a cabo por Joan B. Nelly,(Adaptación de los hijos en matrimonios y divorcios conflictivos. Análisis de un decenio de investigaciones – 2000), en el cual realizó un análisis de las investigaciones llevadas a cabo durante la década de los 90, sobre el efecto del divorcio en la adaptación de los menores, obtuvo resultados parecidos a los de Bauserman, deduciendo que la custodia conjunta da lugar a mejores resultados en general en el desarrollo del niño.

En  2007, Fabricio y Luecken concluyeron, desde la propia perspectiva de los menores, que la paternidad compartida es beneficiosa para los niños/as, tanto en situaciones de bajo y alto conflicto. Por lo tanto la investigación no es compatible con la presunción de que la cantidad de tiempo de crianza debe ser limitada en casos de alto conflicto. La alta conflictividad entre los progenitores no debe utilizarse para justificar las restricciones en el contacto de los niños/as con cualquiera de sus padres.

Otras investigaciones han comprobado que cuando uno de los progenitores adquiere la custodia única, el padre no custodio suele sentir un gran malestar y una gran frustración, ante un sistema  en el que el que obtiene la custodia, “se lo lleva todo”. Esto suele generar altos niveles de hostilidad a lo que se une el miedo al sentirse amenazado por la posible pérdida de sus hijos/as. Estudios muestran que cuando se ponen límites en la participación de alguno de los padres en la vida de sus hijos/as, aumentan los niveles de conflictividad y de hostilidad de este hacia el progenitor que obtiene la custodia. Cuando ninguno de los padres se siente amenazado por la pérdida de sus hijos/as y sienten que pueden participar plenamente en la vida de estos, el conflicto suele aminorar.

El ejercicio de una corresponsabilidad parental proporciona por tanto un estímulo para que los progenitores se esfuercen en cooperar, negociar y llegar a acuerdos conjuntos sobre el desarrollo del plan de crianza de sus hijos/as. Esta necesidad de colaboración aporta un aliciente para disminuir los conflictos y adoptar posturas flexibles en beneficio del bienestar de los niños/as. Recientemente se ha instaurado en Cataluña la figura del coordinador parental cuyas funciones van dirigidas a intervenir para ayudar a los padres a superar sus enfrentamientos y centrarse en la educación y crianza de sus hijos/as a través del cumplimiento de acuerdos de coparentalidad.

A modo de conclusión y de forma general, podemos afirmar que el litigio y el sistema de custodia única suele generar confrontación, afectando de forma negativa al desarrollo y bienestar de los menores. Cuando dos progenitores que desean ejercer sus funciones parentales y estar al lado de sus hijos/as, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre cómo gestionar la crianza de los mismos tras la separación y terminan acudiendo a los tribunales, y estos resuelven en muchos casos que sea uno de los progenitores el que adquiera la custodia, los resultados suelen ser nefastos para el interés y bienestar del menor cuyas necesidades se verían totalmente cubiertas cuando son ambos progenitores los que se dedican de forma activa y colaborativa a su educación, recurriendo si es necesario a la ayuda de profesionales que les apoyen y asesoren en la adquisición de las competencias adecuadas para el mejor cumplimiento de sus funciones.

Autor: Francisco Góngora.

Psicología para Mediadores.

Psicología para un mediador. manejo de las emociones.

El manejo de las emociones durante el proceso de mediación.

Lo primero que debemos de aprender los mediadores es, que cuando dos o más personas entran en conflicto, no se comportan de forma racional y normalmente se dejan llevar por factores emocionales que los empujan hacia posiciones cada vez más rígidas. Ya Aristóteles definía la emoción como una condición según la cual el individuo se transforma hasta tal punto que se queda con el juicio afectado. Otro de los filósofos clásicos, Séneca, consideraba las emociones como algo que puede convertir la razón en esclava.

Cuando un conflicto no se conduce y se resuelve de forma eficaz, puede resultar sumamente destructivo. Los involucrados pueden verse bastante afectados, invirtiendo tiempo, energía y dinero, en un proceso que en ocasiones puede ser devastador. Una de las tareas que debe de realizar el mediador, para que las partes finalmente puedan llegar a una solución mutuamente acordada, es animarles y proporcionarles el contexto adecuado para acercar sus posiciones. Esta labor no es fácil, ya que casi todos los conflictos implican daños morales, entrando en juego factores como la amenaza de las propias creencias y valores, pérdida de derechos que la persona cree legítimos o la merma de bienes económicos, entre muchos otros.

Desde esta perspectiva, no es de extrañar que la mayoría de los conflictos tengan un fuerte componente emocional. Las partes en disputa con frecuencia mantienen sus posiciones rígidas y son inflexibles durante largos periodos de tiempo. Sin un cambio de actitud, que los mueva hacia posiciones más flexibles que les permita acercar posturas, las partes permanecerán atrincheradas en su forma de percibir el conflicto y éste no se resolverá.

El conocimiento de cómo se comporta el ser humano en una situación de conflicto y cuáles son los factores psicológicos implicados, juega un papel esencial en el desarrollo del proceso de mediación. A través de la comprensión de estos mecanismos, el mediador estará en mejores condiciones para llevar a cabo la difícil tarea de cambiar la percepción que traen las partes sobre la controversia y resolver los obstáculos emocionales que impiden el razonamiento necesario para alcanzar una solución.

Podemos afirmar que todas las disputas tienen en común que una de las partes exige algo que la otra parte no está dispuesta a entregar, generándose así una lucha sin tregua que requiere de intervención profesional para alcanzar un término. En muchas ocasiones los implicados llegan a la mediación con razones encubiertas que los hacen permanecer en la disputa. Los motivos subyacentes al conflicto no son revelados y las partes no reconocen que el problema real está oculto y es muy diferente a lo que se ha expresado y manifestado. Con frecuencia no son capaces de admitir sus verdaderas motivaciones.Puede que en mediación la controversia trate sobre temas de reparto de bienes materiales cuando en realidad lo que están reflejando los participantes no es tanto un interés económico sino la ira y el dolor que sienten y el deseo de ver a la otra parte castigada y humillada por estar obligado a pagar una gran suma de dinero. Lo que realmente persiguen es salvaguardar su dignidad y su autoestima y quedar resarcidos del daño que ellos sienten que les ha causado el otro.

Es importante que el mediador cuente con estrategias que le ayuden a provocar un cambio de actitud, es decir, una nueva forma de ver la disputa. El mediador impulsa a los litigantes a percibir el problema desde una nueva perspectiva despojada de aspectos emocionales que bloquean su razonamiento y les impide alcanzar la solución. Solo cuando se logra este cambio de postura, las partes estarán preparadas para aceptar soluciones que desde sus posiciones rígidas iniciales habían rechazado.

¿Qué puede hacer el mediador para manejar las emociones y cambiar la actitud de los participantes?.

Uno de los aspectos fundamentales que aporta la psicología a la mediación son las técnicas de comunicación y las habilidades para tratar a las personas. La escucha activa y la empatía son dos de las habilidades que todo mediador debe de aplicar en el proceso de resolución de conflictos. La escucha activa se refiere a la capacidad para escuchar plenamente y de forma global a las partes, así como la capacidad de demostrar que se ha escuchado realmente. Las partes tienen que recibir un feedback por parte del mediador de que están siendo escuchadas y también sentir que están siendo comprendidas, es decir, que el mediador está siendo empático y les está demostrando confianza. La apreciación de estar siendo escuchado y comprendido tiene un gran poder para activar el cambio actitudinal que buscamos.

Las investigaciones en neurociencia han demostrado que la expresión de aspectos negativos desencadena un ciclo de escalada de emociones que hacen que la resolución del problema sea más complicada. Es por ello que comenzar la mediación enfocando a las partes hacia lo positivo en lugar de hacia lo negativo, posibilita la creación de alianzas. Una de las técnicas que suelo emplear en los procesos de mediación es invitar a las partes a centrarse y expresar cuales son los aspectos positivos que consideran que tiene el otro. Escuchar las opiniones positivas que los demás tienen de ti, genera una respuesta que facilita el comportamiento social, y crea un mayor estado de predisposición, determinación, atención y energía, que posibilita una interacción más fluida y enfocada en la solución y no en las descalificaciones al otro. El mediador debe de alentarlos en todo momento a trabajar juntos, uno al lado del otro, atacando el problema y no atacándose mutuamente.

Otra de las aportaciones de la psicología al proceso de mediación es establecer un enfoque centrado en las soluciones y no en la disputa. Uno de los procedimientos que puede emplear el mediador para orientar a las partes y crear el escenario propicio que los lleve a adoptar una conducta colaborativa, es a través de la formulación de preguntas orientadas a generar cambios. La exposición de preguntas que se centran en las habilidades y fortalezas que posee el individuo para afrontar el problema, propicia que se active el tipo de pensamiento positivo necesario para disminuir el enfrentamiento. Hacer frente al proceso desde aspectos más positivos, generando buenas sensaciones en los implicados, desencadena la actitud  creativa y colaborativa necesaria, para reorientarlos desde las dificultades y el establecimiento de posturas rígidas en el pasado, hacia una resolución centrada en el futuro.

Con el objetivo de generar posibles soluciones, el mediador podría preguntar- ¿Cuál es el resultado más positivo que puede esperar de manera realista de esta mediación?, ¿Qué haría falta para que esto ocurra?, ¿Puedes imaginar cómo será vuestra relación en el futuro cuando la disputa se haya resuelto?, ¿Qué cosas podrías hacer que contribuirían  positivamente a la resolución del conflicto?. Estas preguntas tienen el poder de afectar a la emociones de las partes de una manera positiva, motivándolos a dar un paso hacia delante. Ambos van a ser más capaces de ampliar su perspectiva del problema y aumentar su compromiso de colaboración en la búsqueda de las posibles soluciones.

Este enfoque centrado en lo positivo y en la solución del problema, que nos aporta la Psicología, lo que pretende es potenciar rasgos individuales positivos como son  las fortalezas del carácter, los  talentos, los intereses y los valores, y puede ser empleado en todas las fases del proceso de mediación ya que resulta un método enormemente valioso y eficaz en la resolución de disputas.

La habilidad para manejar las emociones es una de las herramientas más poderosas con las que cuenta un mediador para lograr el objetivo de ayudar a las personas a resolver sus diferencias.

Autor: Francisco Góngora.