Cómo educar la inteligencia emocional.

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La inteligencia emocional es una cuestión esencial en el desarrollo de una persona, y muy especialmente de un niño/a. Los niños/as con capacidades emocionales adecuadas serán más competentes para manejar el estrés y podrán desenvolverse mejor en la vida y ser más felices. Si una vida agitada y apresurada ha vuelto a su hijo/a propenso a la irritabilidad y a la ira, podrás enseñarle a reconocer y controlar estos sentimientos, así como a enfrentarse y superar las nuevas situaciones que se va a encontrar a lo largo de su crecimiento. Es tarea de los padres y madres constituirse como un modelo de madurez emocional para poder ayudar a sus hijos/as a reconocer y gestionar sus emociones de manera adecuada y así lograr un equilibrio personal y unas buenas relaciones con su entorno.  El conocimiento, comprensión y control de las emociones son básicos para que los niños/as se desenvuelvan de forma adecuada en la sociedad, de ahí la importancia de que desarrollen su inteligencia emocional.

¿Podemos entrenar a nuestros hijos/as para que tengan inteligencia emocional?

Totalmente. Algunos niños/as de forma instintiva son más capaces de manejar sus emociones y están preparados para hacer frente a situaciones nuevas y enfrentarse a nuevas personas con mayor facilidad. Otros/as desde el principio tienen más dificultades a la hora de reconocer y controlar sus emociones, y por tanto, les cuenta más adaptarse a situaciones nuevas, requiriendo más apoyo por parte de los adultos para regular su mundo emocional a medida que van creciendo.

El sistema educativo, desde siempre se ha centrado de forma prioritaria en el desarrollo de las capacidades intelectuales de los alumnos/as. No es hasta la aparición del concepto de inteligencia emocional difundido por Daniel Goleman en 1996, cuando se le empezó a dar la importancia que requiere esta faceta del desarrollo humano, y muchas escuelas comenzaron a establecer programas educativos para enseñar a los alumnos/as a identificar sus propias emociones y a percibir y tener en cuenta  las emociones de los demás. A pesar de ello, aún queda un largo camino por recorrer en el ámbito educativo y es tarea de los padres y madres, teniendo en cuenta el papel fundamental que desempeñan en la educación de sus hijos/as, fomentar su inteligencia emocional.

¿Cómo conseguir que nuestros hijos/as desarrollen su inteligencia emocional?.

   1. Enseñando a reconocer sus propias emociones.

El primer paso es ayudar a tus hijos/as a identificar y nombrar sus propias emociones, ya sean de ira, decepción, miedo o alegría, para que empiecen a ser conscientes de sus diferentes sensaciones y aprendan a reconocerlas. Aquí no solo les vas a explicar lo que están experimentando sino también cómo sus reacciones emocionales afectan a las personas que están alrededor. Cuándo estén molestos o desanimados, pedirles que expresen lo que están sintiendo, incluso que lo escriban o hagan un dibujo, es una buena idea para enseñarlos a examinar y aceptar sus emociones. Es importante no olvidar hacerlo también con las emociones positivas. Así, ayudas a tus hijos/as a reflexionar sobre su experiencia y lo que desencadena sus sentimientos. Para los más pequeños, el hecho de saber que hay una palabra para nombrar sus sentimientos es una buena herramienta para aprender a manejar las emociones que les inundan.

     2. Hablando de forma abierta sobre las emociones.

La mejor manera de fomentar la inteligencia emocional es mostrándola. Diles a menudo a tus hijos/as cómo te sientes y no solo cuando se trate de emociones intensas y difíciles de gestionar, como cuando estás decepcionado, triste o enfadado. Demostrar a tus hijos que haces frente a tus emociones y las resuelves de forma eficaz, siendo capaz de superar la ira o el enfado, es una de las formas más poderosas de enseñarles inteligencia emocional. Cuando te sientas feliz y estés alegre, házselo saber a tus hijos/as y háblales del porqué. Como padres, muchas de nuestras emociones son provocadas por algo que nuestro hijo/as han hecho, ya sea bueno o malo. Aquí es importante recordar que no debemos de culparlos de las emociones negativas que nos han provocado su comportamiento. Si algo tienen que corregir ,  es el comportamiento negativo, no la emoción que éste ha despertado en ti. No hay ninguna razón para la culpa o el castigo, sólo debes de poner un límite claro utilizando la empatía.

   3. Empatizando con tu hijo/a.

Cuando el malestar de tu hijo/a parece estar fuera de proporción con la situación, empatizar con él/ella le ayudará a calmarse y liberarse de sus emociones perturbadoras. Debes de recordar que todos/as alguna vez hemos acumulado emociones hasta darles rienda suelta una vez que nos encontramos en un refugio seguro. Ser empáticos con nuestro hijo/a en una situación así no significa que le estemos dando la razón ni que aprobemos su comportamiento, sino que le hacemos ver que entendemos cómo se está sintiendo en ese momento. Aunque tu hijo/a finalmente tenga que hacer lo que le dices, tiene derecho a tener su propia perspectiva, a que sea reconocida y a no sentirse frustrado. Si le envías a tu hijo/a mensajes como -“Sé que te gustaría seguir jugando más rato, pero ha llegado la hora de la cena y tienes que sentarte a la mesa”-, le estarás haciendo ver que entiendes su malestar. Sentirse comprendido desencadena sustancias bioquímicas que le ayudan a calmarse, y esta vía neurológica saldrá fortalecida cada vez que se sienta aliviado y utilizará la misma estrategia para calmarse a sí mismo/a a medida que va creciendo.

    4. Permitiendo la expresión de las emociones.

Si desaprobamos los sentimientos de miedo e ira que puedan experimentar nuestros hijos/as, estaremos impidiendo que los expresen y es posible que acaben por reprimirlos. Los sentimientos que son reprimidos y no se han gestionado de manera adecuada, no desaparecen como los que han sido expresados libremente, sino que quedan atrapados y buscan una salida. Debido a que este tipo de emociones no están bajo control consciente, podrán aparecer en forma de pesadillas, fobias o algún tic nervioso. Es fundamental explicarles que todas las emociones son legítimas y forman parte de nuestra naturaleza. Tenemos que enseñarles a controlarlas  y para ello debemos de ponerles límites a sus acciones. Aceptar las emociones de ira y miedo de tu hijo, le ayudará a su vez a aceptar el mismo sus propias emociones y por tanto a resolverlas y seguir adelante, haciéndolo cada vez más capaz de regular sus estados emocionales.Los niños/as necesitan expresar sus emociones sin ser censurados, pero también necesitan adquirir herramientas para solucionar los problemas, y para ello necesitan entrenamiento y un buen modelado por nuestra parte.

Para concluir, decir que la inteligencia emocional es una habilidad que su hijo/a va a ir desarrollando con el tiempo a través de su interacción con la familia y con el mundo. Como progenitores, tenemos el deber de educar a nuestros hijos/as para que desarrollen su inteligencia emocional y contribuir a formar personas más sociables, felices y responsables.

El medio mejor para hacer buenos a los niños/as es hacerlos felices.

Francisco Góngora.

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Psicología para Mediadores.

Psicología para un mediador. manejo de las emociones.

El manejo de las emociones durante el proceso de mediación.

Lo primero que debemos de aprender los mediadores es, que cuando dos o más personas entran en conflicto, no se comportan de forma racional y normalmente se dejan llevar por factores emocionales que los empujan hacia posiciones cada vez más rígidas. Ya Aristóteles definía la emoción como una condición según la cual el individuo se transforma hasta tal punto que se queda con el juicio afectado. Otro de los filósofos clásicos, Séneca, consideraba las emociones como algo que puede convertir la razón en esclava.

Cuando un conflicto no se conduce y se resuelve de forma eficaz, puede resultar sumamente destructivo. Los involucrados pueden verse bastante afectados, invirtiendo tiempo, energía y dinero, en un proceso que en ocasiones puede ser devastador. Una de las tareas que debe de realizar el mediador, para que las partes finalmente puedan llegar a una solución mutuamente acordada, es animarles y proporcionarles el contexto adecuado para acercar sus posiciones. Esta labor no es fácil, ya que casi todos los conflictos implican daños morales, entrando en juego factores como la amenaza de las propias creencias y valores, pérdida de derechos que la persona cree legítimos o la merma de bienes económicos, entre muchos otros.

Desde esta perspectiva, no es de extrañar que la mayoría de los conflictos tengan un fuerte componente emocional. Las partes en disputa con frecuencia mantienen sus posiciones rígidas y son inflexibles durante largos periodos de tiempo. Sin un cambio de actitud, que los mueva hacia posiciones más flexibles que les permita acercar posturas, las partes permanecerán atrincheradas en su forma de percibir el conflicto y éste no se resolverá.

El conocimiento de cómo se comporta el ser humano en una situación de conflicto y cuáles son los factores psicológicos implicados, juega un papel esencial en el desarrollo del proceso de mediación. A través de la comprensión de estos mecanismos, el mediador estará en mejores condiciones para llevar a cabo la difícil tarea de cambiar la percepción que traen las partes sobre la controversia y resolver los obstáculos emocionales que impiden el razonamiento necesario para alcanzar una solución.

Podemos afirmar que todas las disputas tienen en común que una de las partes exige algo que la otra parte no está dispuesta a entregar, generándose así una lucha sin tregua que requiere de intervención profesional para alcanzar un término. En muchas ocasiones los implicados llegan a la mediación con razones encubiertas que los hacen permanecer en la disputa. Los motivos subyacentes al conflicto no son revelados y las partes no reconocen que el problema real está oculto y es muy diferente a lo que se ha expresado y manifestado. Con frecuencia no son capaces de admitir sus verdaderas motivaciones.Puede que en mediación la controversia trate sobre temas de reparto de bienes materiales cuando en realidad lo que están reflejando los participantes no es tanto un interés económico sino la ira y el dolor que sienten y el deseo de ver a la otra parte castigada y humillada por estar obligado a pagar una gran suma de dinero. Lo que realmente persiguen es salvaguardar su dignidad y su autoestima y quedar resarcidos del daño que ellos sienten que les ha causado el otro.

Es importante que el mediador cuente con estrategias que le ayuden a provocar un cambio de actitud, es decir, una nueva forma de ver la disputa. El mediador impulsa a los litigantes a percibir el problema desde una nueva perspectiva despojada de aspectos emocionales que bloquean su razonamiento y les impide alcanzar la solución. Solo cuando se logra este cambio de postura, las partes estarán preparadas para aceptar soluciones que desde sus posiciones rígidas iniciales habían rechazado.

¿Qué puede hacer el mediador para manejar las emociones y cambiar la actitud de los participantes?.

Uno de los aspectos fundamentales que aporta la psicología a la mediación son las técnicas de comunicación y las habilidades para tratar a las personas. La escucha activa y la empatía son dos de las habilidades que todo mediador debe de aplicar en el proceso de resolución de conflictos. La escucha activa se refiere a la capacidad para escuchar plenamente y de forma global a las partes, así como la capacidad de demostrar que se ha escuchado realmente. Las partes tienen que recibir un feedback por parte del mediador de que están siendo escuchadas y también sentir que están siendo comprendidas, es decir, que el mediador está siendo empático y les está demostrando confianza. La apreciación de estar siendo escuchado y comprendido tiene un gran poder para activar el cambio actitudinal que buscamos.

Las investigaciones en neurociencia han demostrado que la expresión de aspectos negativos desencadena un ciclo de escalada de emociones que hacen que la resolución del problema sea más complicada. Es por ello que comenzar la mediación enfocando a las partes hacia lo positivo en lugar de hacia lo negativo, posibilita la creación de alianzas. Una de las técnicas que suelo emplear en los procesos de mediación es invitar a las partes a centrarse y expresar cuales son los aspectos positivos que consideran que tiene el otro. Escuchar las opiniones positivas que los demás tienen de ti, genera una respuesta que facilita el comportamiento social, y crea un mayor estado de predisposición, determinación, atención y energía, que posibilita una interacción más fluida y enfocada en la solución y no en las descalificaciones al otro. El mediador debe de alentarlos en todo momento a trabajar juntos, uno al lado del otro, atacando el problema y no atacándose mutuamente.

Otra de las aportaciones de la psicología al proceso de mediación es establecer un enfoque centrado en las soluciones y no en la disputa. Uno de los procedimientos que puede emplear el mediador para orientar a las partes y crear el escenario propicio que los lleve a adoptar una conducta colaborativa, es a través de la formulación de preguntas orientadas a generar cambios. La exposición de preguntas que se centran en las habilidades y fortalezas que posee el individuo para afrontar el problema, propicia que se active el tipo de pensamiento positivo necesario para disminuir el enfrentamiento. Hacer frente al proceso desde aspectos más positivos, generando buenas sensaciones en los implicados, desencadena la actitud  creativa y colaborativa necesaria, para reorientarlos desde las dificultades y el establecimiento de posturas rígidas en el pasado, hacia una resolución centrada en el futuro.

Con el objetivo de generar posibles soluciones, el mediador podría preguntar- ¿Cuál es el resultado más positivo que puede esperar de manera realista de esta mediación?, ¿Qué haría falta para que esto ocurra?, ¿Puedes imaginar cómo será vuestra relación en el futuro cuando la disputa se haya resuelto?, ¿Qué cosas podrías hacer que contribuirían  positivamente a la resolución del conflicto?. Estas preguntas tienen el poder de afectar a la emociones de las partes de una manera positiva, motivándolos a dar un paso hacia delante. Ambos van a ser más capaces de ampliar su perspectiva del problema y aumentar su compromiso de colaboración en la búsqueda de las posibles soluciones.

Este enfoque centrado en lo positivo y en la solución del problema, que nos aporta la Psicología, lo que pretende es potenciar rasgos individuales positivos como son  las fortalezas del carácter, los  talentos, los intereses y los valores, y puede ser empleado en todas las fases del proceso de mediación ya que resulta un método enormemente valioso y eficaz en la resolución de disputas.

La habilidad para manejar las emociones es una de las herramientas más poderosas con las que cuenta un mediador para lograr el objetivo de ayudar a las personas a resolver sus diferencias.

Autor: Francisco Góngora.

La Neurociencia aplicada al proceso de Mediación.

Neurociencia y mediación.

La Neurociencia, es la ciencia que se dedica al estudio del sistema nervioso, permitiendo avances en la comprensión del pensamiento, las emociones y el comportamiento. En este post, voy a tratar de describir la forma en la que podemos aplicar algunos hallazgos recientes en neurociencias, a algunas situaciones comunes en un proceso de mediación.

El mediador actúa como un motor para el cambio en el pensamiento y la conducta de las partes envueltas en el conflicto. Crea una serie de cambios a través de las preguntas que va formulando a lo largo de las sesiones. Cuando el mediador hace una pregunta, hace responsable a la persona que tiene que responder, de esta forma mantiene el poder de las partes y los prepara para la toma de decisiones. El lenguaje en general y la formulación de preguntas en particular, son herramientas fundamentales para un mediador. Es por ello que desafiarnos a nosotros mismos y encontrar nuevas formas de hacer preguntas es fundamental para nuestro trabajo como mediadores.

Tener conocimientos básicos de cómo funciona el cerebro humano, cómo percibe los acontecimientos, cómo se desarrollan los procesos emocionales y cognitivos y qué partes de nuestro cerebro están implicadas en la toma de decisiones, resulta un área de conocimiento bastante relevante, que nos puede facilitar herramientas de utilidad para aplicar durante el proceso de mediación. Los hallazgos ofrecidos por la neurociencia, nos aportan información valiosa sobre cómo nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos están implicados de forma directa en el ciclo de desarrollo y resolución de un conflicto. En este contexto, los neurocientíficos, están explorando el papel central de las inteligencias emocionales y sociales en la toma de decisiones, negociación y resolución de conflictos

El secuestro emocional.

Para simplificar, podemos afirmar que tenemos tres formaciones o cerebros independientes, el racional o neocortex, el emocional o límbico y el reptiliano. Los tres cerebros están interconectados a nivel neuronal y bioquímico y trabajan juntos para apoyar las inteligencias múltiples, de manera que tienen implicaciones importantes para las personas en conflicto.

Las emociones son un aspecto integral de la llamada toma de decisiones “racionales”. Todas las decisiones a nivel cognitivo, se hacen en un contexto emocional. El pensamiento racional implica el aporte de los cerebros racional y emocional, que pasan mucho tiempo conectados  y trabajando juntos. De hecho, es el cerebro emocional el  que nos permite tomar decisiones inteligentes con rapidez, ya que busca en su base de datos de experiencias anteriores. Si tuviéramos que confiar únicamente en nuestro cerebro racional (neocórtex), tardaríamos una eternidad para tomar decisiones simples, debido a que el cerebro racional tendría que seleccionar a través de todos los datos disponibles sobre un asunto concreto, y meticulosamente sopesar las ventajas y desventajas de cada opción. Por lo tanto los procesos emocionales y cognitivos no pueden ser separados los unos de los otros, ya que se producen de forma simultanea.

Las emociones están presentes siempre y son cruciales para la toma de decisiones inteligentes y para conseguir buenos resultados. Sin embargo, también pueden provocar el efecto contrario. Una situación de enfrentamiento puede desencadenar emociones negativas que inhiben nuestra capacidad para hacer frente a los conflictos de una manera constructiva. Cuando estamos enfrascados en un conflicto, se producen cambios en nuestro cableado neuronal y a veces no somos capaces de comportarnos de manera racional. Lo que sucede es que la amígdala, núcleo cerebral encargado de hacer que la toma de decisiones se produzca con las aportaciones de los diferentes centros cerebrales, se bloquea. Esto puede ocurrir cuando estamos nerviosos, estresados o en una situación conflictiva. Nuestra amígdala puede quedar bloqueada, de modo que se interrumpe la comunicación entre las diferentes partes de nuestro cerebro, sobre todo el emocional y el racional. Cuando estamos en un estado defensivo, de miedo, en conflicto, la información entra al cerebro emocional, pero se interrumpe el acceso al cerebro racional.  Esto se conoce como secuestro emocional o inundación emocional.

Durante una mediación, la fase de recapitulación de la historia que tienen que llevar a cabo las partes, puede provocar una reacción emocional intensa. Normalmente los mediadores creen que este proceso tiene un efecto catártico importante, y una vez que las partes han expresado todos esos sentimientos reprimidos, están más preparados para comenzar a negociar de forma más racional. Como hemos visto, la neurociencia parece sugerir lo contrario. Hay muchas razones para creer que una persona que tiene que contar con detalle un suceso que es doloroso, revive plenamente el trauma a nivel neuronal, es decir, se activan los circuitos neuronales asociados con esas emociones negativas y nos bloqueamos. No podemos pensar de modo racional y tomar buenas decisiones cuando estamos inundados emocionalmente. Somos menos capaces de considerar nuevas opciones para la acción.

Podemos extraer que tras una sesión en la que se ha revivido la historia dolorosa, motivo de la demanda de mediación, se necesita un periodo de enfriamiento antes de estar preparados para negociar. Si esto no es posible, una técnica a tener en cuenta cuando alguna de las partes se encuentra “secuestrada”, es animarla a practicar técnicas de relajación a través de la respiración consciente.

El poder de la empatía y el contagio de emociones.

Trabajos recientes en neurociencia han demostrado que las emociones son contagiosas, es decir que pueden moverse entre nosotros sin que seamos conscientes de ello.  Esto es posible gracias a las neuronas espejo en el cerebro, que reaccionan de manera favorable a la expresión neuronal de las emociones de los demás. Estas neuronas “disparan” en nosotros lo que otros parecen estar experimentando.

El descubrimiento de las neuronas espejo, inició una revolución en nuestra comprensión del modo en el que al interactuar con los demás, usamos el lenguaje no verbal (gestos, expresiones, posturas corporales, el tono de voz…) para comunicar nuestras intenciones y nuestros sentimientos.  Son estas neuronas las que explican la imitación y la empatía.

La idea de que los seres humanos estamos “cableados para la empatía “es muy atractiva para los mediadores. Esto ayuda a explicar cómo en cierta medida es difícil sostener un comportamiento de confrontación hacia alguien que esta siendo respetuoso y empático contigo. Cuando nos demuestran empatía, las personas se sienten reconocidas y escuchadas, sus neuronas espejo empiezan a funcionar y responden con comportamientos de escucha, reconocimiento y empatía con el otro. Una vez que las partes son capaces de escucharse y reconocerse, se hace más sencillo seguir adelante de manera conjunta con el proceso de resolución del problema.

De este supuesto podemos extraer que los mediadores deben de abogar más por las sesiones conjuntas. Más contacto cara a cara en la resolución de conflictos podría ofrecer la oportunidad de demostrar sinceridad de una manera emocionalmente convincente. También puede ofrecer la oportunidad de evaluar la credibilidad de la otra parte. Puede que alguna de las partes prefiera la privacidad del caucus, aduciendo razones de confidencialidad, pero las mediaciones conducidas a través del caucus se pueden convertir en pruebas de desconfianza. Podemos concluir afirmando que la neurociencia ofrece datos empíricos que demuestran que las mediaciones conjuntas resultan más positivas.

 Equilibrio entre estabilidad y flexibilidad.

Cuando tenemos que comunicarnos o negociar con otros, nos basamos en lo que sabemos y en lo que creemos. Nuestros conocimientos se almacenan en estructuras neuronales dotadas de significado. Estas estructuras son relativamente estables y resistentes al cambio. En cierta medida, están sujetas al cambio a través del aprendizaje, produciéndose por tanto un equilibrio entre estabilidad y plasticidad. Si las estructuras son demasiado estables y rígidas, serían inmunes al aprendizaje, y por otro lado un exceso de plasticidad supondría una perdida de nuestra identidad, de nuestra estructura de conocimientos. Tenemos apego a nuestros conocimientos, ya que para cambiar nuestra mente, tenemos que perder una parte de nuestra identidad y esto nos resulta incomodo.

Cuando estas de acuerdo conmigo, confirmas mi identidad y mi comprensión de lo que es valido. Esto es tranquilizador. Cuando no estás de acuerdo conmigo, desafías mi identidad y mi comprensión de lo que es real. Esto es preocupante y lo experimento como una amenaza.

Las partes en disputa, en un proceso de mediación o negociación, vienen unidas a su visión de la realidad, ya que es parte de su identidad. Tenemos una tendencia natural a creer que la forma en la que nosotros vemos el mundo es la mejor. Necesitamos tener una sensación de confianza en nuestra percepción del mundo. De este modo, tenemos la tendencia a entablar negociaciones con lo que se conoce como el exceso de confianza optimista. Prevalecen la certeza de nuestras posiciones. Sabemos que estamos en lo correcto.

Llega un momento durante la negociación, que podemos empezar a ver que hay más en la historia que únicamente nuestra visión de las cosas. Puede que estemos ante un reconocimiento de la legitimidad de al menos parte del punto de vista del otro. La incertidumbre se cuela y me empiezo a preguntar si tal vez esté equivocado. En función de lo profundamente conectados que estemos a elementos primordiales de nuestra visión del mundo y de nuestra visión de nosotros mismos, de nuestra identidad, nos tendremos que enfrentan más o menos  a la perspectiva de tener que dejar de lado parte de nuestra comprensión de las cosas y  cambiar nuestra historia de los temas que se están negociando, y esto puede resultar amenazador. Estamos perdiendo una parte de nosotros mismos.

Si somos capaces de ver más allá de nuestra resistencia al cambio, si podemos aceptar una nueva historia, un relato ampliado que tenga en cuenta algunas de las informaciones que llegan desde nuestro interlocutor, si podemos dejar de lado algunos de nuestros esquemas previos, entraremos en la fase de resolución, que representaría la nueva realidad. Cuando llegamos a este estado, podemos decir que hemos cambiado y hemos ampliado nuestra percepción. Vamos a tener una nueva identidad, una nueva comprensión del mundo y un nuevo conjunto de redes neuronales dotadas de significado.

Isabel Bader fue la primera persona en identificar este ciclo de resistencia o narcisismo, apertura al punto de vista del otro y por último resolución realista, que se produce durante los procesos de mediación de conflictos. Este concepto está totalmente sostenido por estudios de las bases neuronales del conocimiento , el aprendizaje, la comprensión, la memoria y la identidad.

Para finalizar, decir que entender cómo funciona nuestro cerebro es uno de los grandes retos de la humanidad y sin duda un área apasionante cuyos estudios pueden ser aplicados a los procesos de mediación y negociación, ayudando a los  mediadores en su trabajo como intermediarios y conciliadores de conflictos.

Francisco Góngora.